No sé si habrán notado, pero últimamente se han puesto de moda los programas de TV o las notas periodísticas que tocan el tema “juguetes sexuales”. No es momento hoy, y al parecer no lo va a ser en lo que queda del año, al menos en este blog, de debatir sobre las virtudes de dichos juguetes. No. No viene por ese lado este post.
La conexión se la debemos a Virginia, que vio el programa del domingo pasado de la Su Giménez y se acordó que podía aportar una anécdota al blog.
Virginia tiene poco más de 40 años, recibió este nombre porque desde su concepción, sus padres proyectaban una hija pulcra, inmaculada y virginal. Pupila de los 7 a los 15 años, ha sido educada entre las más severas y conservadoras monjas de un pueblo de por acá nomás.
A los 15 años sus padres se mudaron de ciudad y ella por fin pudo liberarse de las monjitas. Para entonces, Virginia era una chica introvertida, seria, no veía con buenos ojos a las chicas de su edad que ya noviaban con algún muchachito… tampoco tenía muchas amigas. La liberación de su cabeza necesitaría unos cuántos años más.
A la par que el tiempo iba pasando, las cosas naturales de la vida comenzaban a amigarse con su forma de pensar. A los 18 años empezó la universidad y cada día le resultaba más difícil sustentar algunos pensamientos y costumbres. Incluso descubrió que le atraían los hombres, y se convención que no estaba mal comenzar a noviar, a pesar de su corta edad (¿?).
A los 20 años conoció a su primer novio. La noticia en su casa fue bien recibida porque el chico era muy juicioso, educado, de familia de doble apellido, trabajaba en el Estado y era hijo de una pareja amiga de sus padres. Salieron durante 6 años, pero ella se mantuvo durante todo ese tiempo “inmaculada y virginal”.
Virginia estaba muy enamorada, faltaban sólo un par de meses para el matrimonio, sería el futuro padre de sus hijos, todo un castillo giraba alrededor de él. Pero un día, ese castillo se desvaneció. Sin saber por qué, su príncipe la dejó.
Después de eso, Virginia estuvo un par de años sola y la frustración se apoderó de su espíritu. En el ínterin cambió de trabajo, y poco a poco se fue recomponiendo. Conoció gente nueva, comenzó a salir un poco, y ya no era tan conservadora como solía serlo antes. Algo se había roto con esa frustración.
Cuando cumplió 30 años conoció a quién hoy es su actual marido. Un hombre 5 años mayor que ella, del estilo de hombre a los que mi abuela llamaría “un picaflor”. Armando era muy fachero, chamuyero, había tenido muchas novias, y cualquiera hubiera dicho que Virginia sería una más. Pero no. Se enamoró perdidamente de ella y desde el primer día, prometió respetar su virginidad. Irían despacio, al ritmo que ella quisiera marcar.
Sos un diamante en bruto, le decía. Él estaba seguro que con paciencia, iba a tallar la joyita que acababa de encontrar. Y así lo fue haciendo, con mucha dulzura… y en poco tiempo, Virginia se había entregado al sexo con amor y con pasión cómo nunca antes lo había hecho.
De todos modos la cosa venía muy trabajada. Los avances eran delicados. La paciencia… la reina de la noche. Él tenía una convicción de fierro y ella una docilidad asombrosa.
Al año de estar juntos ya habían experimentado varias posiciones jugadas, habían logrado cierto nivel de confianza y hablar de sexo era algo más normal. Virginia ya no se sonrojaba! e incluso, comenzaba a tener ciertos comentarios chanchitos en la cama. Para entonces, Armando se sentía todo un goleador, de no ser porque su apellido no era Maradona, bien podría haberse llamado Diego. Un campeón.
Y así seguía trabajándola. Y ella la pasaba muy bien. La combinación funcionaba. Una noche Armando sumó a la previa un hielito, y a Virginia le encantó. Otra noche la llenó de crema, y también la pasaron muy bien. Hasta jugaron con un gusanitooo! Que tierno… o no?

Era así, de a poco iban innovando. De a poco se iban animando. Pero Armando sabía que tenía un límite. Ella no estaba de acuerdo con el sexo anal. Sin embargo, un día le pasó un dedito y ella disfrutó.
Pasó un tiempo después de ese dedito, y Armando propuso sumar un juguete pequeño para estimular la zona anal. Era una especie de palito delgado con una bolita en la punta, no parecía muy intimidante, y había tomado la precaución de comprar un gel lubricante. Virginia lo dudó un poco… pero la idea la erotizaba… entonces accedió.
Entonces Armando con mucha dulzura comenzó a jugar con la crema lubricante, que tenía algún componente mentolado y provocaba un efecto refrescante. Había pasado gel por todo el cuerpo de Virginia, y cuando notó a su mujer que estaba lista para jugar con el juguetito nuevo, lo hizo. Lo introdujo suavemente mientras veía como ésta se retorcía de placer.
Pero pronto Virginia comenzó a respirar raro, y a rascarse todo el cuerpo. El cuarto de Armando tenía un espejo muy cerca de la cama. La luz estaba prendida. Y en medio de la fiesta Virginia se pudo ver reflejada en el espejo, hinchada como un pez globo, y roja! Virginia era alérgica a la menta, ofcorssss Armando no lo sabía!
Se fue el clímax a la mierda y los nervios invadieron a Virginia, que contraía tanto su ano que impedía a Armando quitar el juguetito. Y mientras más nerviosa ella se ponía, más se contraía, y más nervioso también él se ponía. Cuestión que entre nervio y nervio, y apriete y apriete, de tironear tanto del palito se desprendió la bolita, quedando la misma dentro de Virginia.
Era la una de la mañana y salieron de urgencia al hospital, Virginia inflada, roja y con la bolita dentro y Armando pálido, con el gel mentolado en la mano. Explicarle lo sucedido a la señorita que los recepcionó en la guardia, no fue vergüenza menor. Y tumbarse culo pa’rriba para que el médico sustrajera la bolita… menos!!! Deseaban un ataque de amnesia!
Desde entonces no usan geles mentolados. Siguen juntos, se aman profundamente, y disfrutan del sexo a diario, mientras atesoran esta historia que es la vergüenza más grande que juntos han pasado.

MORALEJA: LEER BIEN LAS INSTRUCCIONES Y PROSPECTOS. ANTE LA DUDA, CONSULTE A SU MÉDICO!